Cómo usar la Inteligencia Artificial de forma real y útil (sin humo)
IA de forma inteligente
J. Rodriguez
1/7/20265 min read


ESTADOS DÉBILES, CORPORACIONES SOBERANAS
La inteligencia artificial ya tiene dueños
Cómo cuatro cumbres globales construyeron la ilusión de un debate que las corporaciones ya habían ganado.
Por Javier A. Rodriguez*
El 19 de febrero de 2026, mientras Narendra Modi inauguraba ante veinte jefes de Estado la cumbre de inteligencia artificial más ambiciosa del Sur Global, un emprendedor llamado Dhananjay Yadav publicaba un mensaje desesperado en X. Su prototipo — un dispositivo de asistencia para personas con discapacidad visual, capaz de reconocer objetos y responder en múltiples idiomas — había desaparecido dentro de la zona de alta seguridad del Bharat Mandapam. "Pagamos vuelos, alojamiento, logística y hasta el stand", escribió. "Solo para ver cómo nuestros dispositivos desaparecían adentro." La policía de Delhi recuperó el aparato horas después. Pero la imagen quedó: en la cumbre que prometía democratizar la inteligencia artificial, le robaron el invento al único inventor que no era multimillonario.
Podría ser una anécdota. No lo es. Es la cumbre en miniatura.
La Cumbre de Impacto de la Inteligencia Artificial de Nueva Delhi fue, en su superficie, un hito histórico: la primera gran reunión global sobre IA celebrada en el Sur Global, con 92 países firmantes de una declaración, 200 mil millones de dólares en compromisos de inversión anunciados y un eslogan que vibraba con promesa humanista — Bienestar para todos. Felicidad para todos. Debajo de esa superficie, sin embargo, operaba una lógica diferente. Una lógica que no estaba escrita en ningún documento oficial pero que se podía leer con claridad en la arquitectura del encuentro: en quién tenía micrófono, en quién tenía silla, y en quién miraba desde afuera.
Las cumbres globales de inteligencia artificial tienen apenas cuatro años de historia. Pero en esos cuatro años, algo cambió que casi nadie señaló: el nombre.
La primera fue en Bletchley Park, Gran Bretaña, en 2023. Se llamó AI Safety Summit — Cumbre de Seguridad de la IA. La segunda, en Seúl en 2024, mantuvo el foco en los riesgos. La tercera, en París en 2025, se llamó AI Action Summit — ya no seguridad, sino acción. La cuarta, en Nueva Delhi, abandonó incluso esa cautela: AI Impact Summit. Impacto. No regulación, no riesgo, no control. Impacto.
Ese deslizamiento terminológico no es inocente. Es el registro fiel de quién fue ganando el debate sin que el debate ocurriera. Cada cumbre que pasó sin producir marcos regulatorios vinculantes fue una victoria para las corporaciones que no los quieren. Cada reemplazo de "seguridad" por "impacto" normalizó la idea de que la pregunta relevante no es cómo controlamos esto sino cómo lo aprovechamos. Las palabras no describen la realidad — en política, la construyen. Y la arquitectura verbal de estas cumbres construyó una realidad en la que la IA es ante todo una oportunidad, y solo secundariamente un riesgo existencial que algunos ingenieros, filósofos y organismos de derechos humanos llevan años intentando poner en el centro de la escena.
Pero el lenguaje fue solo el primer movimiento. El segundo fue la arquitectura del poder dentro de la sala.
La cumbre de Nueva Delhi tuvo dos instancias de máxima jerarquía: el Plenario de Líderes, donde participaron los jefes de Estado, y el CEO Roundtable, donde participaron los directivos de las empresas tecnológicas más grandes del planeta. Ambos con el mismo rango protocolar. Ambos con el mismo peso en la agenda oficial. Sam Altman, de OpenAI, sentado con la misma autoridad institucional que Lula da Silva o Emmanuel Macron.
La diferencia es que Macron fue elegido por cuarenta y ocho millones de votantes, tiene obligaciones constitucionales y puede ser removido del poder. Altman representa a una empresa privada valuada en trescientos mil millones de dólares, sin electores, sin mandato popular y sin ningún mecanismo de rendición de cuentas ante nadie que no sea su junta directiva. Equipararlos no es un gesto de pragmatismo político. Es una declaración filosófica: que el poder económico y el poder democrático son equivalentes. Que quien controla la tecnología que va a redefinir el trabajo, la guerra, la educación y la salud de miles de millones de personas merece el mismo lugar en la mesa que quien fue elegido para representar a esas personas. Nadie votó esa equivalencia. Simplemente apareció, incorporada en el programa de la cumbre, entre el horario del coffee break y la foto oficial.
Hay una ironía que el eslogan "Bienestar para todos" no puede tapar. Mientras Modi presentaba a la India como el faro del Sur Global en materia de IA inclusiva, organizaciones civiles documentaban en tiempo real algo diferente: el uso de inteligencia artificial para vigilancia estatal, para la discriminación de minorías religiosas en el acceso a servicios públicos, y para la manipulación algorítmica en procesos electorales. El anfitrión de la cumbre sobre IA responsable era, según esos reportes, uno de sus usuarios menos responsables.
No es una contradicción que invalide todo lo demás. Es algo más interesante: es la demostración de que "democratizar la IA" puede significar cosas radicalmente distintas dependiendo de quién lo dice y sobre quién recae. Para Modi, democratizar la IA significa que más indios accedan a sus beneficios. Para las comunidades musulmanas o dalit que aparecen en esos reportes, significa que el Estado tiene herramientas más sofisticadas para excexcluirlos.
Esa tensión no tuvo micrófono en Nueva Delhi. No porque nadie la planteara — hubo protestas dentro del propio Bharat Mandapam — sino porque la estructura de la cumbre no había reservado ninguna silla para ella.
Al final de la cumbre, 92 países firmaron una declaración. Voluntaria. Sin mecanismos de enforcement. Sin fechas. Sin consecuencias para quien no la cumpla. El documento más importante que produjo el encuentro es, en términos jurídicos, poco más que una carta de buenas intenciones con membrete oficial.
Esto no es un fracaso de la diplomacia. Es su resultado más probable cuando una de las partes — la más poderosa — no tiene ningún incentivo para que exista un árbitro. Las corporaciones tecnológicas llegaron a Nueva Delhi sabiendo que la regulación vinculante no estaba en la agenda. Llegaron a construir legitimidad, no a cederla. Y lo lograron: se sentaron en la misma mesa que los presidentes, firmaron compromisos voluntarios que ellas mismas redactaron, y se fueron con la narrativa de que son parte de la solución. Es un movimiento que los lobbies industriales perfeccionaron durante décadas — en el tabaco, en los combustibles fósiles, en las redes sociales. La IA no inventó el manual. Solo lo está ejecutando más rápido.
Dhananjay Yadav recuperó su prototipo. La policía de Delhi hizo su trabajo. Pero la pregunta que su historia deja flotando es más difícil de resolver que un robo: en una cumbre que habla de bienestar para todos, ¿quién custodia los inventos de los que no tienen ejército de abogados ni valuación de mercado? La respuesta, por ahora, es nadie. Y eso no está en ninguna declaración.
*Javier A. Rodriguez es profesor universitario y analista de sistemas. Escribe sobre tecnología, poder y sus consecuencias.
